Buratino



La muerte… es algo complicado, ¿no? 
No porque sea un misterio, sino porque llega cuando ya no tenés fuerzas para discutirle nada. A esta altura, la mente no intenta entenderla, solo la tolera, como una vieja herida. 

Una nunca está lista para irse. Eso es cierto. Pero con los años también entendés que casi nadie se va cuando quiere. La vida decide por vos, y suele hacerlo tarde, mal y sin pedir permiso. 

Ves a la persona todos los días. Compartís silencios más que palabras. Rutinas gastadas, miradas que ya no preguntan nada. Y un día… no está más. No hay escena, no hay dramatismo. Solo una ausencia pesada que se instala y no se mueve. 

Dicen que la muerte le da sentido a la vida. Que saber que el tiempo se acaba vuelve todo más intenso. Tal vez sea cierto si me queda mucho por delante. Después, ese pensamiento solo pesa. Te recuerda cuántas cosas no llegaron a ser. 

Cuando perdés a alguien, no aparece un vacío nuevo, se agranda el que ya estaba. Se suma a otros, más viejos, más profundos. Y se queda ahí, acompañándote, recordándote lo frágil que siempre fuiste, aunque hayas aprendido a disimularlo bien. 

Cuando alguien muere, se va para siempre. 
Y no hay consuelo que alcance. 
NO HAY PALABRA, NI RECUERDO, NI FE QUE LA TRAIGA DE VUELTA. 
Nada vuelve a poner las cosas en su lugar. Solo queda un dolor inmenso que erosiona tu corazón día tras día. 

La muerte no te deja despedirte como necesitás. No te da explicaciones ni cierres. Pasa y deja grandes marcas, en la estúpida vida que sigo viviendo, en el futuro que ya no va a existir, en mi maldito corazón que aprende a latir con menos ganas. 

Y entonces… 
¿Qué se supone que una debe hacer? 

Intento hablar desde la calma, desde lo poco que me queda de paciencia. Pero vos solo entendés el idioma del desgaste, del golpe repetido, del filo que ya no corta pero igual lastima. 

¿Qué pasaría si intentara decirte que ese camino, el mismo que se repite cada dos meses, ya no lleva a ningún lado? 
¿Qué pasaría si te pidiera que me dejes, a mi cabeza y a mí, descansar un poco? 

No… no lo harías. Nunca lo hiciste. 
La espada volvería a levantarse, pesada pero decidida, y tomaría mi cuerpo como tantas veces antes. Una fuerza vieja y conocida, tirando de mis hilos, recordándome que nunca fui del todo dueña de nada. 

En ese frío constante, una aprende a convivir con sus peores pensamientos. Ya no gritan. No hacen escándalo. Susurran despacio, como una canción antigua, de esas que no se olvidan… y que no anuncian descanso, sino un desgaste conocido. 

Miro el horizonte y veo una penumbra espesa, prometiendo un sol enorme. Pero ya aprendí a desconfiar. No sé si viene a iluminar lo que queda del camino o a derretir mis lunas, que todavía sostengo con mucho esfuerzo. 

Sí… acertaste. 
No es un renacer. 

Son brasas viejas y moribundas. 
Que apenas siguen encendidas. 

 

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