Hoy, es cuando te necesito




¿Qué es lo que más me duele de esto?

El no poder recordarte. Eso, es lo que más duele. 

Dicen que tenía tres años cuando te fuiste, pero esa edad mi cabecita no guarda memoria alguna, solo guarda huecos. No tengo tu voz, ni tu olor, ni una escena clara donde estés conmigo, donde este sintiendo tu calor sobre . Solo sé que deberías haber estado, y no estuviste. Crecí con esa ausencia como si fuera algo normal, pero no lo era. Nunca lo fue. 

Aprendí a ser mujer mirando a otras. Observando de lejos. Copiando gestos que no entendía del todo. Vi cómo se cuidaban, cómo se arreglaban el pelo, cómo hablaban de sus cuerpos, del amor, de lo que dolía y de lo que no se decía en voz alta, el único conocimiento innato que tengo viene de la biología, de eso que llevo en el ADN, un conocimiento ancestral de siglos y siglos. Yo miraba y tomaba notas mentales de cómo ser mujer. Intentaba imitar esa coreografía que había que aprender sin guía. 

Nadie me explicó con amor, qué hacer cuando el cuerpo cambia o cuando la cabeza se vuelve un lugar peligroso, cuando el amor no se siente seguro. Nadie me enseñó a cuidarme de los falsos elogios de los hombres, de las trampas que a veces ponen para conseguir lo que quieren. Aprendí tarde, que las mariposas que siento no están en la panza como dicen, están en otro lugar... se llama útero. 

Me pregunto si, de haber estado, me habrías dicho que no todo se sufre en silencio. Que enfermarse no es fallar. Que una mente rota no es una vergüenza. Que el amor no siempre se va si una se muestra frágil. Yo crecí creyendo que había que ser fuerte todo el tiempo, porque no tenía brazos a los que correr si algo salía mal. ¿Qué triste esa frase, no? No tener a esa mamá, a la cual acudir cuando no encontraba explicación a nada de lo que me pasa. 

Cuando me enfermé, cuando empecé a perderme dentro de mí, pensé muchas veces que con vos quizás habría sido distinto. No mejor, no perfecto. Pero menos sola. Quizás alguien habría sabido leerme antes de que me rompiera tanto. Quizás alguien me habría defendido de mí misma. 

Hay cosas muy simples que nunca aprendí: cómo consolarme sin castigarme, cómo habitar este cuerpo sin odiarlo, cómo querer sin miedo a desaparecer. Otras mujeres parecen saberlo de memoria. Yo siempre sentí que llegué tarde, que me faltaba una página entera del manual. 

 
Extraño esa voz que nunca escuche o, mejor dicho, que no recuerdo. Pero que era muy necesaria. 

A veces me cansa vivir así, improvisando todo, incluso quién soy. 
Si alguna vez me mirás desde donde estés, ojalá puedas ver que lo intento. 
Que sigo acá, aun sin saber bien cómo se hace. 

Hay noches eternas en las cuales me quedo mirando fijamente el techo o una pared, sin ganas de hacer nada, y casi siempre alguna fantasía se desarrolla en mi cabeza. Una que me gusta mucho es pensar ¿Qué haría con mi mamá hoy? ¿Se imaginan? Podría ver películas, ver series o mostrarle las cosas que me gustan. Me resulta genial fantasear sobre eso. Y no se imaginan lo que sería que ella juegue conmigo a mis juegos, nooooo me muero del amor. Aunque creo que el compañero idea para eso, sería mi hermoso Papá. 

Siiiii... mi Papá. Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero confieso que cuando juego lo siento cerca, a él le encantaban y los disfrutaba mucho. Hay veces que hago cosas y me digo por dentro “Euuu Papá, mira lo que estoy haciendo” o “Euu mira mira, logre ganarle a tal monstruo”. Te siento conmigo en esos momentos, como si pudiera compartir algo más que solo recuerdos. 

Se que algún día los voy a volver a ver, y va a ser un día espectacular. También se que tomar atajos es ilegal, pero mi cabeza a veces lo desea, y hasta me llevo a planificarlos. Pero no, voy a ser más fuerte. Si pierdo la pelea, lo quiero hacer sabiendo que di todo. 

Entradas populares de este blog

Sinfonía agridulce

Transigir

Géminis