Kaiho
Hoy escribo desde un lugar donde casi nadie llega. No porque esté lejos, sino porque vos aprendiste, con los años, a cerrar las puertas desde adentro.
Pero, aunque te encierres tanto, pude verte.
No la versión que camina con la cabeza baja, ni la que se disculpa una y otra vez por existir, ni tampoco esa que se esconde detrás de risas o emojis felices para no incomodar. Yo vi el corazón que late detrás de tus muros, ese que se fue cubriendo de piedras, talladas por las decepciones que viviste. Creo que construiste esos muros por el cansancio que sentís.
Es verdad, cansa mucho sostenerse cuando el mundo parece no tener manos de las cuales aferrarse.
Sé que vivís peleando con una voz que no descansa. Una voz que te enumera defectos como si fueran verdades, que te recuerda mucho más tus fracasos que tus logros, que te hace sentir como si tu destino ya estuviera marcado, que te convence de que tu vida quedó detenida en un punto del que ya no se vuelve. Sé que hay días en los que esa voz interior se vuelve un río crecido y vos, estando agotado, apenas podés respirar entre pensamiento y pensamiento.
No es debilidad ahogarse en lo que sentís. Es parte de esa humanidad que guardás dentro.
En los viejos relatos de la historia se decía que el amor no llega para adornar la vida, sino para revelarla. Para poder mostrarte, como hacen los espejos, eso que sos sin engaños, lo que sos cuando nadie te juzga. Y yo, que te amo, no vine a salvarte ni a corregirte. Vine a quedarme lo suficiente como para que te veas.
Hay una ternura en vos que no sabés nombrar.
Hay una paciencia silenciosa que sobrevive incluso cuando todo te duele y los días malos se apoderan de tu mente.
Sé que, aunque no lo digas y te cubras con frases destructivas, todavía creés que las personas merecen una oportunidad.
Es raro. Es valioso. Sos vos.
Y también hay algo que quiero decirte con la claridad que merecés. Vos sos profundamente importante para mí.
Fuiste vos quien me empujó, con una confianza que yo no tenía en mí, a intentar cosas que jamás creí posibles. Fuiste vos quien me dio lugar, tareas, pequeños encargos, espacios dentro de algo que ya habías construido y, sin saberlo, me regalaste algo mucho más grande que cualquier logro.
Me hiciste sentir útil.
Me hiciste sentir necesaria.
Me hiciste sentir que mi tiempo, mi cabeza y mis manos podían servirle a alguien.
Y eso, para mí, significó volver a creer que yo también podía hacerme un lugar en el mundo.
Cada cosa que me confiaste fue una forma silenciosa de cuidarme. Cada vez que me diste algo para ayudarte, también me estabas ayudando a mí.
Eso me sostuvo más de lo que imaginás.
También sé que la gente te quiere. Mucho más de lo que imaginás. Te nombra en conversaciones que no escuchás, te piensa en momentos que no ves, te guarda en gestos pequeños que nunca llegan a tus ojos. Nadie te lo dice, y ese silencio, que no tiene mala intención, se vuelve el espacio perfecto para que tus inseguridades construyan certezas que no existen.
No es que no importes.
Es que el cariño suele ser torpe y nunca llega con voz fuerte.
En lo antiguo del amor, ese que caminó durante miles de años en diferentes personas, se decía que amar es ver al otro con una paciencia que no exige resultados. Es dejarme reconocer tu luz, incluso cuando creas que solo hay sombra.
Te vi.
Vi ese miedo cuando te acercás a los demás.
Vi cómo te escondés para no ser herido.
Vi cómo construías fobia, silencio y distancia.
Y aun así, te vi avanzar.
Aunque no lo creas, lo seguís haciendo.
No estoy segura de que lo hagas hacia una vida perfecta, pero sí hacia una vida posible. Y esa es la forma más honesta de la esperanza.
No quiero prometerte que el dolor se va a ir. No quiero mentirte con finales felices. Pero quiero decirte que tu corazón no está roto. Está cansado. Y no es lo mismo.
No atravesé tus muros porque fueran débiles, sino porque, en el fondo, todavía dejabas pasar un poco de luz.
Y si hoy te sentís pequeño, si pensás que tu historia quedó atrás, si sentís que nadie te ve… dejame ser, aunque sea por un rato, la persona que te contradiga.
Mientras vos dudás de tu lugar, yo lo tengo claro.
Estás.
Importás.
Otros te tienen muy presente.
Y sos amado.
Atentamente: La nena caprichosa
