Manual doméstico para sobrevivir midiendo 147 centímetros
Relato escrito por Constanza o como mas me gusta que me llamen, Cuki. Una especialista en alcanzar cosas con dignidad limitada.
Mido 1,47
Y esto no es un dato físico, es una condición arquitectónica.
Donde vivo, es un lugar que no fue diseñado para mí. Fue diseñado para una versión adulta de una humana. Tal vez, soy un error de escala o algo parecido.
La alacena superior no es un mueble, es un sistema de exclusión social.
Los vasos viven ahí arriba, como si pertenecieran a otra clase social.
Y cuando necesito de ellos, dispongo de tres opciones:
La tercera opción mantiene mi integridad ósea.
El microondas está a una altura que me exige mucha fe. Cuando saco algo caliente lo hago con mucho cuidado, como si estuviera limpiando una obra de arte de cristal. Claro, no quiero que se me caiga encima y termine bañándome de nuevo. Además de evitar las risas clásicas.
El espejo del baño, si... ese maldito estúpido, que solo me muestra hasta la nariz. El resto tengo que imaginármelo.
Con los años desarrollé una intuición bastante precisa sobre cómo se ve mi cara completa. Debo confesar que a veces me equivoco, y… bueno jajajajajaja
El placar merece un capítulo propio. Las perchas del fondo superior funcionan como un archivo histórico de ropa que alguna vez existieron. Si algo se cae atrás, se convierte automáticamente en patrimonio arqueológico.
La heladera, otro de mis enemigos. Lo menos importante va arriba y lo urgente abajo. Todas las cosas ricas van abajo, para poder alcanzarlas sin ayuda.
Los muebles parecen hechos para recordarme mi estatura. Las sillas suelen ser demasiadas altas y normalmente dejan mis pies colgando, como si estuviera esperando un cumplido por ser una buena nena.
El sillón, donde tanto tiempo paso, a veces me traga y termino escondida entre los almohadones.
Tengo un pequeño banquito.
No es un objeto.
Es un aliado estratégico.
La muevo por la casa como si desplazara una extensión portátil mía. Sin él, la cocina se convierte en una experiencia espiritual.
También perfeccione ciertas habilidades:
- Alcanzar objetos con una precisión quirúrgica usando algunos objetos que tengo a mano.
- Bajar cosas sin provocar avalanchas cósmicas en mi hogar, que posiblemente tenga un efecto domino, y termine más de una cosa en el suelo.
- Soy capaz de detectar superficies trepables con una sola mirada.
La ropa es otro tema aparte. Los pantalones necesitan cirugía. Las mangas creen en el futuro muy largo. Las medias siempre sobran en lugares donde no tengo más cuerpo. Y las polleras necesitan ser remodeladas para que no se me caigan.
Me toco comprar ropa que es para adolescentes. Y no lo hago por nostalgia. Lo hago por logística.
Vivir sola siendo pequeña tiene ventajas. Nunca me golpeo con los marcos de las puertas. Puedo deslizarme entre muebles sin mover o tirar nada. Si me escondiera detrás de la cortina, probablemente desaparecería de los registros civiles.
Claro que hay muchas más desventajas, como, por ejemplo:
- Cuando me enojo, se me ríen en la cara, no provocó temor en los demás de ninguna forma.
- También me pasaba que creían que era una nena, y me trataban con prioridad. NO BOLUDO, no soy una nena de doce años.
- O cuando me decían “aaay pero que chiquita”, otra vez boludo... No, no me olvide de crecer, así soy, una obra de arte compacta.
- Tampoco puede faltar el chiste de “Te olvidaste de comer Danonino”
Y aunque el mundo esté pensado para jugadores de básquet, acá adentro de mi morada, encontré un equilibrio. Me muevo lentamente, mido las distancias, acepto que hay cosas que requieren estrategia y otras que simplemente no valen la pena alcanzar.
Además, y esto es mucho muy importante. Si algo queda demasiado alto, siempre puedo decidir que nunca lo necesité.
La verdadera autonomía no es llegar a todo. Es saber qué dejar donde está.
