Un lugar donde descansar


Confieso que, a ciertas horas de la noche, cuando el departamento donde estoy se aquieta y mis pensamientos encuentran demasiado espacio para hacerse oír, vuelvo a buscar en diferentes webs casas o lugares alejados en las montañas. Me demoro en sus fotografías con una intimidad extraña, como si pudiera reconocer, detrás de una ventana desconocida, algo que llevo años necesitando. Mientras las publicaciones describen superficies, servicios y caminos de acceso, yo intento adivinar cómo entraría la mañana en esos cuartos, qué sería lo primero que miraría cuando me despierto y si el silencio, allá, tendría una forma menos dolorosa de acompañarme.
A veces conservo una de esas páginas abierta durante horas. Regreso a ella después de llorar, después de una conversación que no supe terminar, cuando me resulta insoportable seguir estando en el mismo lugar. Recorro otra vez el patio, la cocina, el dormitorio... voy dejando allí pequeñas pertenencias imaginarias, hasta que esa casa empieza a parecerse a una vida que podría ser mía. Todo sucede desde esta habitación de la que apenas salgo. Hay algo profundamente triste en poder imaginarme al otro lado de este lugar, tan lejos... y sentir, al mismo tiempo, que la esquina de mi calle queda demasiado lejos.

Hace mucho que deseo irme. Esta ciudad guarda demasiadas versiones de mí: la que fue herida, la que tuvo miedo, la que aprendió a esconderse y la que todavía sonríe para evitar preguntas cuya respuesta la dejaría expuesta. Me gustaría habitar un lugar donde mi historia no hubiera llegado antes que yo, donde pudiera abrir una ventana sin encontrar del otro lado el recuerdo de algo perdido. Una casa pequeña, de madera, con libros, una manta y árboles lo bastante cerca como para ver sus ramas moverse desde la cama. Me despierto deseando esa escena con una fuerza que a veces me avergüenza, como si estuviera pidiendo demasiado por querer una mañana tranquila.

Pero alcanza con que aparezcan dos sillas o una mesa en una foto para que mi fantasía empiece a contradecirse. Miro la mesa y, casi sin darme cuenta, imagino a alguien sentado frente a mí. Una voz en la cocina, una taza que no sea la mía, la confianza de compartir un silencio sin tener que justificarlo. Qué pelotuda... busco un lugar donde nadie pueda encontrarme y enseguida me pregunto a quién le gustaría venir. Así de difícil me resulta la cercanía: la deseo incluso mientras intento ponerme a salvo de ella.

Quizás por eso, cuando pienso en una casa, termino pensando en mi querido Papá. Hubo un tiempo en el que estar bajo un techo significaba saber que él estaba cerca, que podía levantar los ojos de la pantalla y encontrarlo ahí. No tenía que ganarme su paciencia siendo divertida ni averiguar cuánto de mi tristeza podía mostrarle. Después de su muerte seguí creciendo de una manera que todavía me cuesta entender: aprendí palabras, costumbres, maneras de parecer una mujer adulta, mientras una parte de mí permanecía esperando su regreso. A esa nena le enseñé a conversar, a hacer bromas, a disimular; sin embargo, cuando el miedo me desborda, vuelve a buscarlo con la misma desesperación de entonces.

Quisiera poder mandarte alguna de estas publicaciones. Preguntarte si el techo estará bien, si hará demasiado frío, si esa humedad de la pared debería preocuparme. Me hace falta una conversación así de pequeña. Que me aconsejes, que me lleves la contra, que te rías de alguna ocurrencia mía mientras miramos juntos una casa que probablemente nunca compre. A veces lo que más duele de tu ausencia es todo eso que no alcanza a convertirse en una gran historia, pero que habría hecho menos solitario un día cualquiera.

¿Trastorno bipolar? Si, y necesito que ese nombre tenga su lugar en lo que escribo. La manía y la depresión atraviesan mi pensamiento, mi cuerpo y mis vínculos con una intensidad que desde afuera suele confundirse con simples cambios de humor. Hay períodos en los que las ideas se atropellan, me acelero y actúo sin alcanzar a medir las consecuencias, en otros, el esfuerzo de levantar de la cama parece exceder todo lo que puedo dar. Entre esas experiencias intento reconocerme y sostener lo que quiero, aunque a veces apenas consiga explicarle a alguien por qué dejé de responder. Sé que resulta difícil comprender que una persona que pudo reír con vos también pueda hundirse después. Para mí es difícil vivirlo.

¿El suicidio? Si, también forma parte de mi historia. Lo he intentado, he pasado por internaciones en neuropsiquiátricos y llevo secuelas físicas que todavía procuro esconder. Antes de dejarme ver, a veces pienso qué ropa me permitirá evitar una pregunta, cuánto de mi cuerpo puedo mostrar sin tener que contar lo que ocurrió. Me duele esa precaución cotidiana. Quisiera tener la libertad de hablar cuando estoy preparada, sin sentir que mis heridas toman la palabra antes que yo.

También hay momentos en los que esos impulsos se vuelven frecuentes. Aprendí, después de haberlo ocultado, que necesito decirlo con esas palabras. Si lo disfrazo de cansancio, si lo diluyo en una broma, quien me escucha puede quedarse con una tristeza que imagina pasajera y no saber que necesito ayuda. Por eso me gustaría poder decir «Estoy mal, me siento mal. La tristeza me supera.» a mi acompañante y a quienes pueden ayudarme a buscar atención, aun con vergüenza, aun temiendo preocuparlos. Me costó mucho entender que haberme reído ayer no vuelve menos verdadero el peligro que puedo sentir hoy. Necesito poder contar ambas cosas sin que una desmienta a la otra.

Mi mundo se fue estrechando durante años, hasta quedar contenido entre estas paredes y las pantallas desde las que intento mantenerme cerca de los demás. Hay responsabilidades que no puedo cumplir por mi cuenta, mi acompañante o ¿amiga? me ayuda a sostenerlas y a cuidarme. Agradezco su presencia, aunque me duela necesitar asistencia para cosas que alguna vez imaginé haciendo sola. Esa mezcla de gratitud, frustración y deseo de decidir sobre mi propia vida también se sienta conmigo cuando miro estos lugares a donde escapar. Quisiera encontrar una manera de tener más libertad sin perder el cuidado que necesito.

Y está el miedo a lastimar. He tenido ataques violentos contra personas que quería, hubo momentos en los que realmente quise hacerles daño. Desde la calma me cuesta reconocerme en ese deseo, pero sería injusto esconderlo detrás de una frase más amable. Después del ataque regresan el afecto y la conciencia de lo ocurrido, y encuentro un miedo en el otro que mi arrepentimiento no puede borrar. Me pesa saberlo. Todavía estoy aprendiendo cómo hacerme cargo sin convertir cada recuerdo en una prueba de que no merezco volver a estar cerca de nadie.

Cuando imagino la distancia, pienso también en el descanso de esas personas. Quisiera que pudieran quererme sin estar pendientes de lo que podría pasar, que mi presencia dejara de exigirles tanta vigilancia. Durante un rato, una casa apartada parece ofrecer una respuesta. Luego miro esa misma foto y me pregunto quién me ayudaría en una crisis, a quién le escribiría si regresaran esos impulsos oscuros. Voy a llevar conmigo el trastorno y los traumas; cambiar de paisaje no va a dejar mi historia en esta ciudad. Si alguna vez me voy, necesito que haya una forma de seguir acompañada, aunque todavía no sepa cómo construirla.

Las fotos e imágenes, mientras tanto, conservan esa quietud que tanto me atrae. Sobre la mesa de noche imaginaria voy poniendo mis libros, un vaso de agua, las cajas de pastillas... trato de mirar la habitación sin quitarle lo que forma parte de mi vida. Me gustaría descansar allí de tanto ensayo, de elegir las palabras que harán más tolerable mi tristeza, de mostrar solamente la parte de mí con la que es fácil pasar un buen rato. Quisiera que alguien pudiera conocerme también cuando estoy callada y no interpretara ese silencio como una falta de amor.

Extraño a mi amiga con esa necesidad de ser conocida. Hay cosas que todavía pienso contarle antes de recordar que ya no compartimos la vida de la misma manera. Una escena de una serie, una tontería, algo que me hizo reír y que habría encontrado en ella una respuesta inmediata. Su ausencia aparece en esos gestos pequeños y me deja suspendida, con el impulso de hablar todavía intacto. Entonces vuelvo a las casas, como si en alguno de sus cuartos pudiera encontrar un lugar para todo el afecto que no sé dónde poner.

No sé cómo sería vivir allá. Tal vez lloraría frente a una ventana hermosa y sentiría rabia por haber recorrido tantos kilómetros sin lograr alejarme de lo que me duele. Pero también imagino una tarde en la que pueda leer unas páginas, preparar algo de comer y quedarme mirando cómo la luz se desplaza por el piso. Me gustaría que esa posibilidad tuviera espacio junto a mi miedo. No sé prometer una vida distinta; apenas estoy intentando darle una forma, con lo que soy y con la ayuda que me hace falta.

Por ahora regreso a esas fotografías mientras la noche avanza. Busco una ventana, un patio, un sitio donde imaginarme sin tener que resolver de una vez todo mi futuro. Y aunque todavía me asuste dejar que alguien se acerque, sé que, si alguna mañana llego a mirar las montañas desde esa cocina, voy a sentir el deseo de contárselo.

Ojalá pueda hacerlo sin esconder cómo estoy.

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